En esta vida, muchas veces, lo mejor que nos pasa no suele costar dinero. Explicaré esta afirmación y por qué lo más inteligente que podemos hacer los seres humanos en estos momentos históricos es vivir (mejor) con menos.
El sistema económico dominante no está basado en la satisfacción de las necesidades de la Humanidad, sino en la búsqueda del beneficio empresarial, en la producción masiva y el consumo desenfrenado. Para que funcione el sistema nos “venden” a través de la publicidad lo que tenemos que comprar. Vamos, que nos “comen el coco” y nos crean necesidades muchas veces ficticias. Hasta tal punto llegan las cosas que, por ejemplo, muchas personas especialmente jóvenes, no son capaces de vivir sin móvil, coche tuneado, ropa de marca, Ipod, etc. Pero las consecuencias negativas de este modo de vida son múltiples y las soluciones tienen que ser radicales, en el sentido más profundo del término: ir a la raíz del problema para encontrar auténticas respuestas nuevas.
Por una parte, se necesitan soluciones globales. De lo contrario se acelerará el agotamiento de los recursos energéticos y de las materias primas, agudizaremos la crisis ecológica global, de la atmósfera, de las aguas y de la tierra, y cambiaremos irreversiblemente el clima. Este desastre anunciado hipoteca a las generaciones futuras. Vamos hacia la destrucción del planeta si no se cambia el rumbo. En estos momentos de crisis económica, además de sus víctimas más directas (parados, sectores sociales más débiles, países pobres), el gran perjudicado puede ser el medio ambiente.
Un término nuevo como decrecimiento tendrá que empezar a ser valorado. Habrá que reducir la producción y el consumo de forma voluntaria y organizada, antes que hacerlo de forma obligada y caótica por el hundimiento que produzca la locura económica actual. Es mejor apostar por una reorganización de la sociedad y por un nuevo orden de valores que reivindiquen el reforzamiento de la vida social, de la solidaridad, de la ayuda mutua, de la distribución justa de los recursos frente a la concentración de la propiedad y al consumo desaforado; reclamar la socialización de la cultura y con ello de un nuevo concepto de ocio en vez del trabajo continuo y alienante, reduciendo la jornada laboral para repartir el empleo o, lo que es lo mismo, trabajar menos para trabajar todos.
En resumen, es la apuesta voluntaria por una vida más austera y más sencilla en lo económico, pero de más exigencia de calidad en lo social, en lo cultural y en lo humano. Las condiciones de vida no tienen por qué empeorar por el decrecimiento, sino todo lo contrario: mejor conservación del medio ambiente, fortalecimiento de lo que es de todos (lo público), más justa redistribución de los recursos, más cultura, más salud, más bienestar social, aumento de las relaciones interpersonales y sociales por la mejora de las condiciones y la disminución del tiempo de trabajo.
Por otro lado, están las soluciones personales. Nos hacen creer que seremos más felices cuanto más consumamos y cuanto más dinero ganemos y, para ello, cuantas más horas trabajemos. Se impone así un modo de vida esclavo para el individuo y totalmente falso. La insatisfacción es directamente proporcional al nivel de frustración de expectativas de consumo. No es más feliz el que más tiene sino el que guarda mejor relación entre sus expectativas y su realidad de consumo.
La infelicidad proviene de un alto deseo insatisfecho. Hay unos datos interesantes a analizar: en Estados Unidos la insatisfacción ha aumentado fuertemente a pesar de que la renta per cápita se ha triplicado desde el final de la segunda guerra mundial. Tener más dinero disponible no asegura mayores niveles de felicidad en un escenario de estrés, contaminación, jornadas agotadoras, movilidad geográfica, aislamiento social, deterioro cultural, aparición de nuevas enfermedades como la obesidad y la melancolía producida por las demanda de consumo sin satisfacer.
Ahora podría empezar a poner ejemplos concretos para que se entienda lo anterior: ¿qué es mejor una moto o un buen amigo? ¿un botellón o una escalada en la montaña con los colegas? ¿unas zapatillas de marca o una excelente novela sacada de la biblioteca? Pero prefiero pedirle prestado un poema a una amiga para ilustrar la idea central que preside estas reflexiones:
Lo mejor de esta vida
suele ser gratuito:
Es gratis la mirada
de tus ojos,
acariciar la piel
de quien amamos,
ofrecer una mano
en un paso difícil.
recibir un halago,
sentir la hierba en
el estómago, tumbados.
Beberse el aire
de los montes.
Alimentarse de soles
que se esconden.
Reír con todo el cuerpo,
como ríen los niños.
admirar una hoja,
una planta silvestre
y aprenderte su nombre
para hacernos amigos.
Alargar una noche
con caricias y besos.
Imaginar historias
y mil cuentos .
Viajar rozando con el dedo
el mapamundi
Escuchar el canto
de los pájaros.
Cantar con los amigos
y soñar cuando quiero.
(Pilar Lucía López)
Puede parecer utópico y de auténticos marcianos defender estas cosas, pero estoy convencido de que es lo más racional y el único camino para intentar frenar la destrucción del planeta y evitar la infelicidad de las personas.
Agustín Moreno.